Lejos de la Plaza Mayor

He llegado a ese momento de mi vida en el que llevo más años viviendo fuera de esta Salamanca mía que en ella. Y escribo estas líneas mientras escucho como ruido de fondo el sorteo de Navidad, que solía ser el día marcado en el calendario para volver a casa, o a la segunda casa, porque los expatriados tenemos la suerte de tener dos : la que nos vio nacer y a la que por razones sentimentalmente inexplicables permanecemos atados y aquella en la que vivimos desde hace una eternidad sin dejar de mirar de reojo al lugar de nacimiento.

No confundamos los términos, los expatriados no somos emigrantes, aunque los diccionarios nos traten como sinónimos; siendo onestos, y dando gracias al cielo por las excepcionales condiciones en las que desarrollamos nuestras vidas, no podemos equipararnos con esa pobre gente que cruza fronteras escapando de una guerra o de cosas mucho peores, que las hay. El emigrante lo es porque no le queda otro remedio; el expa- triado porque así lo ha decidido, sin duelos ni presiones. Vivo fuera de España (y fuera de Salamanca) desde hace 31 años, y en ningún momento me he sentido emigrada, aunque sí frecuentemente con una sensación agridulce de estar en el sitio donde pasan las cosas y donde me han pasado cosas maravillosas y no poder estar a la vez donde nací y crecí felizmente.

Y miren que, salmantinos en Bruselas somos unos cuantos, que en tiempos anteriores a la pandemia nos juntábamos periódicamente (en el mejor estilo del emigrante eso sí) y celebrábamos los Reyes Magos y, sobre todo, el Lunes de Aguas; vamos que, celebrábamos lo que merecía fiesta culinaria y empanada a propósito de la misma. Y todos echamos de menos las mismas cosas: el sol de invierno, ese que sale a mediodía, aunque la mañana se levante nublada y que te permite sentarte en una terraza. La Plaza Mayor, que nos resulta un asunto conflictivo cada vez que presumimos de tener la plaza más bonita del mundo y no tenemos más remedio que reconocer que la de aquí es igualmente maravillosa. Echamos de menos esa piedra amarilla que refleja el sol, y que permite dar largos paseos monumentales a cualquier hora del día y ver una fachada plateresca nueva según la luz incide en ella por un lado u otro. Yo, que soy sentimentalmente de pueblo, echo de menos caminar por la calle y pararme diez veces a saludar, aunque al cabo de varios días vaya esquivando saludos por las esquinas. Dejemos para otros días y otras columnas la nos- talgia de jamones y hogazas de pan, que hoy no es ese el tema.

Los salmantinos de Bruselas somos una panda generacionalmente bastante homogénea que estudió idiomas cuando la gente no lo hacía y que, gracias a eso y a cierta osadía académica que el programa Erasmus nos puso a tiro, nos decidimos a predicar Europa y Europa se quedó con nosotros y nos engulló. Hemos ido a parar a una tierra que otrora guerreaba contra los soldados castellanos y ahora nos acoge y que nada tiene que ver con la nuestra, en ella hemos echado unas raíces duraderas, criamos hijos, pagamos impuestos e hipotecas y probablemente cobremos una jubilación.

La pandemia nos ha regalado lejanía, algo que antes evitábamos a golpe de aviones, y la sensación por primera vez en mucho tiempo de estar a más del doble de los kilómetros de los que realmente estamos. Decía Unamuno que al español de a pie, la preocupación por la muerte no le dejaba vivir “a la europea y a la moderna”, que para Don Miguel ambas cosas eran lo mismo. A los expatriados, la preocupación por este virus, además, nos pone Salamanca a la distancia de la Kuala Lumpur, y nos hace menos modernos y europeos de lo que somos o pretendemos porque, al final del día, todos queremos ser y volver a nuestro pueblo, aunque no nos atrevamos a cantarlo. Y eso también lo remachaba Unamuno en el mis- mo ensayo (“Arbitrariedades sobre la europeización”, 1918) cuando le echaban en cara ser refractario a la modernidad: “Y eso es un mal?” decía.

A Don Miguel también voy a visitarlo cuando vuelvo a Salamanca, me siento en esa plaza de la calle Bordadores frente a la Casa de las Muertes y le cuento lo modernos y lo europeos que nos hemos vuelto los salmantinos por el mundo. A veces, hasta tengo la sensación de que me escucha; creo que le parece bien que andemos sueltos por el planeta, siempre que recordemos de dónde venimos.

Un comentario en “Lejos de la Plaza Mayor

  1. Qué bonitas historias, Concha! Espero q sigas llenando tu Bloc de entradas q nos sigan entusiasmando y recordando q ya somos una generación con Historia.
    Un abrazo infinito, Piluchi

    Me gusta

Replica a Pilar Sánchez María Cancelar la respuesta