En pocas semanas se cumplirán treinta años de una fecha importante en mi vida. En aquellos primeros días de febrero de 1991, licenciada en historia y con la guerra del Golfo a punto de terminar, agarré mi maleta, más llena de expectativas que de ropa y zapatos y me marché a Bruselas con un contrato de prácticas de cinco meses en la entonces llamada Comunidad Económica Europea.
El gusto por la extranjería ya lo había adquirido el año anterior gracias a una beca Erasmus de la que fui, orgullosamente, madre fundadora y aquel contrato a razón de unas ochenta mil pesetas de las de entonces, que daban para bastante poco con los precios de la capital belga, me pareció el papel más trascendente que había firmado ha en mi vida. Presumo de tener buena memoria y recuerdo con detalle que, en el avión de Iberia que me llevaba a Bruselas, apenas abrí el libro que estaba leyendo esos días (“Los miserables” de Victor Hugo) porque iba viendo el paisaje por la ventanilla en un día claro de invierno y cuando rebasamos los Pirineos me dije que aquello ya no tenía vuelta atrás, como así fue.
Vueltas di unas cuantas, desde aquella fecha, para acabar volviendo a Bruselas (porque el corazón tiene razones que la razón no entiende) y trabajando en eso que llamamos construir Europa los que creemos en ella que, aunque somos una especie menguante y claramente envejecida, seguimos predicando todo lo que nos dejan.
Con la perspectiva de treinta años de extranjería continuada, no ha descendido ni un ápice el amor por mi tierra, pero se ha hecho pequeña aquella chica acomplejada por ser de ciudad pequeña y ha crecido dentro de mí una europea convencida, que es lo mejor que se puede ser en estos tiempos de cerrazón y catetismo nacionalista en los que el virus que nos fastidia la vida cruza territorios sin entender de autonomías, fronteras, idiomas o clases sociales; mientras los que tenemos que cortarle las patas nos entretenemos en nimiedades y nos saltamos las cuatro reglas básicas que nos ayudarían a acabar con él.
Hace treinta años, llegué a Bruselas siendo de Salamanca, a un lugar donde todos eran de Madrid o Barcelona, sintiéndome de provincias como no me lo había sentido en la vida frente a aquellos jóvenes que habían estudiado en colegios bilingües y viajado mucho más que yo a esas alturas. Me pareció fascinante esa Bruselas cosmopolita y diversa, donde un montón de mentes lúcidas ponían en marcha locuras como el Euro o el espacio Schengen y otro montón de funcionarios no menos lúcidos y entusiastas se dejaban horas y neuronas poniéndolas en práctica para beneficio de la ciudadanía, que pasadas un par de generaciones ya no está tan convencida de que todo aquello se hizo por su bien.
El año que acabamos de pasar debería haber sido el de la celebración del centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, un señor escritor que salía en nuestros billetes de mil pesetas y que erróneamente fue tildado de provinciano, costumbrista y antiguo, cuando fue un adelantado de su tiempo, cosa que hemos descubierto, entre otras anécdotas, leyendo su fogosa correspondencia con Emilia Pardo Bazán, que de señora antigua también tenía lo justo; un hombre muy viajado que desde 1870 escribió novelas que eran un prodigio de modernidad y que en España no se habían escrito desde que la propia novela la inventó un residente de la calle de los Moros que nunca se probó que fuera estudiante en Salamanca pero que hizo que la calle cambiara de nombre y se llame como se llama ahora: Cervantes. Y que nos dejó escrito aquello de “Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella”… Otro moderno y viajado para su tiempo.
Galdós viajó por una Europa que, sin saberlo, se estaba preparando para dos guerras fratricidas y cuando volvió a España criticó la aversión de sus paisanos por la modernidad. Así llegué yo (provinciana de mí) hace treinta años a Bruselas, donde resido desde entonces; convencida hasta hoy de que la modernidad encontrada fuera merecía explicarse de vuelta a casa; y por si otros argumentos no les convencen aquí tienen este: sesenta y cinco años sin haber vuelto a dispararnos a matar los unos a los otros son ya un gran logro. Galdós fue un cronista prodigioso de su tiempo y de ese choque entre la provincia y lo mundano; yo con estas líneas lo intento, modestamente. El tiempo me volverá vieja y antigua y de provincias lo soy sin remedio, pero la vacuna europeísta me ha librado en estos treinta años (que no son nada) de muchos otros males.
