Ansiedad de la buena

(COLES DE BRUSELAS 10)

    Si ya hace unos meses les hablaba de las fronteras como las cicatrices de la historia, mejor no les cuento lo que significa ahora atravesarlas traducido en papeles, certificados y requisitos varios relativos a la vacuna o a la falta de la misma. Hay que tener muchas ganas de viajar en estos momentos, mucha necesidad, una mezcla de ambas cosas y de postre, lo que yo siento: mucha ansiedad. 

    La ansiedad ya hace tiempo que es una palabra con mala prensa, menos cuando la canta Nat King Cole. Ya era una enfermedad de la que nadie presumía y tras confinamientos, planes venidos a menos y situación económica que no da para arrancarse por soleares, se ha hecho una enfermedad corriente y  no sólo entre personas maduras agobiadas por mil cuitas; la pandemia ha resultado ser un aspersor de ansiedades entre la gente joven y el despacho de los consabidos ansiolíticos (que tampoco a nadie le gusta reconocer que consume) es más frecuente que el de los laxantes: un cinco por ciento más en el último año y hay unos cuantos países que nos han sacado ventaja en esta lista negra. Se ve que el sol, los bares abiertos y el calor de esas familias españolas enormes y ensanchadas le han ahorrado unas cuantas cajas a la seguridad social, tanto mejor. 

    Pero hay una ansiedad buena, si tomamos correctamente la definición del imprescindible diccionario y no la trasladamos solamente al campo de la psique: “estado de agitación, inquietud o zozobra de ánimo”. Vale, suprimamos la zozobra de ánimo que no es lo mejor, pero admitamos que cierta agitación e inquietud son buenas para el espíritu propio y no digamos para la raza humana, que ha dado pasos de gigante gracias, precisamente, a la inquietud de muchos de sus sabios. Ahora que tan de moda está la paz espiritual y la meditación a troche y moche entre los “Millennials” (ruego me disculpen el término inglés) creo yo necesario reivindicar la agitación de las mentes que nos han regalado magníficas obras literarias, algún que otro cuadro de bella factura y, sin ir más lejos, unas vacunas que a pesar de las muchas cosas que se les achacan, ya han demostrado que están salvando muchas vidas. 

   Inquietud tendrían seguramente Edward Jenner, Isaac Newton, Albert Einstein, el Doctor Fleming y Ramón y Cajal; como la han tenido esos científicos que en todo el mundo se han puesto manos a la obra y en tiempo récord nos están dando la tranquilidad que todos andamos buscando en forma inyectable y sin ser droga. ¿Vieron ustedes hace unos días el aplauso de todo el estadio de Wimbledon a la Doctora Sarah Gilbert, creadora de una de las vacunas en circulación? Pues si les parece tan emotivo como me lo pareció a mí, ya comprenden de qué les estoy hablando. La Doctora Gilbert, probablemente padece ansiedad de la buena, y ahí están los resultados. 

   Con esa misma ansiedad, los europeos nos hemos puesto a vacunar a destajo y poner en funcionamiento un mecanismo que nos permita ir de un país a otro dejando claro que estamos vacunados y contribuyendo a la inmunidad de rebaño; de ese rebaño al que los anti vacunas no quieren contribuir pero sí beneficiarse.  Y en el mismo tiempo récord y con la misma ansiedad positiva, hemos hecho realidad un pasaporte COVID que facilite cruzar fronteras y, en el caso español, traer los turistas que siguen siendo esenciales para nuestra economía, nos guste o no.  El pasaporte en cuestión,  apenas un folio doblado en cuatro partes, les aseguro que es en este momento uno de mis documentos más preciados. Gracias a él y a tanta gente que ha puesto en marcha su inquietud, su agitación y, por qué no, también su zozobra de espíritu, en breve estaré pisando la Plaza Mayor de mis entretelas y abrazando a mis seres queridos de los que he estado alejada demasiado tiempo. Un tiempo que ha sido algo más que recio, que diría nuestra santa de Ávila; un tiempo duro e interminable en el que he intentado cultivar la ansiedad buena y alejar la mala, que en muchos ratos se me acercaba peligrosamente. 

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